top of page
Search

Quiero hacer todo y no hago nada

  • Writer: Peguel Salgado
    Peguel Salgado
  • Mar 21
  • 20 min read

Tengo 10+ ventanas abiertas: Un artículo del times, el episodio de mi serie, los 100 términos que debería saber al hablar con editores, mi tarea de ruso, un link de amazon a una cámara que nunca compraré, el illustrator del ultimo branding para un cliente, una inscripción para un Ironman, sin contar todo lo que tengo en mi ventana de “leer después”, saltando de link a link leyendo un par de parrafos y prometiendo que regresaré “cuando tenga más tiempo” a terminar de leerlo ( que nunca hago) “Quiero hacer todo y no hago nada, tengo tantos sueños de mi vida que no se por cual empezar y termino sin seguir ninguno de esos” Vivo eso y lo escucho de la gente de mi edad con la que convivo. Lo cual solo es reflejo de la falta de satisfacción real de lo que hacemos llevándonos a un punto de fatiga mental. No siempre se escucha asi textualmente, lo escucho más seguido como “No sé cuál de estos trabajos elegir, así que me quedo donde estoy, no sé si quedarme o dejar mi relación, si seguir mis pasiones o mi necesidad de estabilidad, si viajar o si ahorrar”, pero todo es lo mismo. Nuestras expectativas para nosotros mismos. Nuestros sueños son tan pesados, que a menudo nos mantienen atrapados en un lugar; seguro, pero no muy feliz.Todos los días, me despierto y scrolled por las redes. Intento leer dos páginas del libro que he estado leyendo durante meses y me rindo después de diez minutos. Juego a Wordle y Duolingo porque hacer rompecabezas es bueno para mi mente, ¿verdad? Me desplazo por LinkedIn y decido que necesito investigar becas de diplomados. Me siento abrumado. Cierro todas mis pestañas abiertas.


Por la noche, me acuesto en la cama (a veces en el sillón) y pienso en todas las opciones entre las que podría elegir. Quiero ser escritor, atleta, consejero, académico, psicólogo, filósofo, diseñador y empresario. Aprender ruso, chino y portugués. Hornear pasteles en el sur de Francia. Desaparecer dos años en Kazajistán, pero me quiero casar a los 30 así que debería empezar a salir con alguien. Ver todas las películas de mi lista. Escuchar todas las buenas canciones que se hayan escrito. Quiero quedarme despierto hasta tarde, peroirme a la cama a las 9:30 p.m.


Quiero hacerlo todo, así que no hago nada. A veces siento la presión de definirme por una, pero no lo hago. Quiero todo. Podría culpar de mi indecisión a mi signo solar. A mi horóscopo chino. Queremos saberlo todo sobre todo. Pero no estoy solo en este sentimiento; es un dilema bastante común, especialmente para los jóvenes que quieren trabajar en la escena creativa.Existe una paradoja quealguien algún día me contó: “ si te dan a elegir entre helado de  chocolate y vainilla, antes de que termine la pregunta ya sabes la respuesta, pero si te dicen que tienen de pistache, chocolate, chocomenta, crema irlandesa, fresa, cajeta y otras 40 opciones, solo te quedarías viendo la vitrina 5 minutos, tomarías una decision que se sentiría incompleta y estarías solo “okay” con tu elección”.

Hay tantas opciones, y no queremos sentirnos restringidos. ¿Cómo elegimos?Este enigma es interesante para mí, porque no es que no puedas lograr lo que quieres si te lo fijas; no se trata de una FALTA de oportunidades o ambición (de hecho, normalmente encuentro que las personas que se quedan atrapadas en estas situaciones tienen un exceso de eso).


Es muy fácil mirar a alguien que está estancado en su vida y asumir que solo es flojo, carece de disciplina, carece de motivación, carece de estructura. El 99 % de las veces, ese no es el problema. Psicológicamente, realmente se trata de arrepentimiento, y más que eso se trata de miedo.


Los tres miedos distintos que crean este dilema involuntario y estancamiento son:


El miedo al arrepentimiento


El miedo al fracaso


El miedo a ser visto


No saber como empezar


Miedo al arrepentimiento


Nos preocupa arrepentirnos. No lo decimos así, porque suena débil , casi ingenuo. Preferimos llamarlo análisis, criterio, paciencia. Pero en el fondo es eso: el miedo a elegir un camino y descubrir, años después, que no era ese. Que había otro mejor. Que sin darnos cuenta fuimos entrando en una vida que no termina de sentirse propia.


No es exactamente el error lo que nos inquieta. Es la sensación de quedar atrapados en él. De iniciar algo que, con el tiempo, se vuelva estructura, rutina, identidad. Un día despertar dentro de eso, con la sospecha de que ya no encaja, pero tampoco saber cómo salir sin desarmar demasiado. Sin romper más de lo que podríamos reconstruir.


Ahí aparece la incomodidad real, que controlamos el resultado. Nunca lo hemos controlado. Solo que ahora, frente a tantas opciones, se vuelve más evidente. Sabemos que el tiempo es limitado, que no vamos a poder vivir todas las versiones posibles de nuestra vida, y aun así intentamos encontrar la decisión correcta, la que maximice lo bueno y minimice lo malo. Como si la vida fuera una ecuación que, pensada lo suficiente, eventualmente se resuelve.


Pero hay algo en nosotros que ya entiende que no funciona así.


Sabemos, aunque no siempre lo aceptemos, que no hay certeza. Que incluso cuando miramos hacia atrás y creemos entender por qué algo salió bien o mal, lo que hacemos es construir una historia que nos dé tranquilidad. Ordenamos el pasado para que parezca lógico, pero en su momento no lo era tanto.


Elegir siempre ha sido una apuesta.Una decisión tomada con información incompleta.


Aun así, lo que termina bloqueándonos no es la falta de información, sino su exceso. Demasiadas opciones, demasiados futuros posibles, demasiadas versiones de nosotros mismos reclamando atención al mismo tiempo. Cada una prometiendo algo distinto. Cada una pidiendo no ser descartada todavía.


Entonces hacemos lo más humano: no elegimos.


Nos quedamos en un punto intermedio donde todo sigue abierto. Donde no hemos perdido nada… pero tampoco hemos construido nada. Un lugar que parece seguro, pero que en el fondo es inmóvil.


Las opciones no desaparecen cuando no las elegimos. Se acumulan. Y mientras más se acumulan, más difícil se vuelve soltar cualquiera. No queremos equivocarnos, pero tampoco queremos renunciar a lo que podría haber sido. Así que posponemos. Pensamos un poco más. Revisamos otra vez, pero el tiempo, ajeno a nuestra indecisión, sigue avanzando.


Desde fuera, esto puede parecer un privilegio. Tener múltiples intereses, múltiples caminos, múltiples vidas posibles, pero por dentro no se siente así. Se siente como ruido. Como una saturación constante que no nos deja avanzar. No por falta de capacidad, sino por falta de dirección. Y la dirección exige algo que evitamos: renuncia.


Cada vez que elegimos algo, dejamos otras cosas fuera. No como una idea temporal, sino de manera real. Hay versiones de nosotros que no van a existir. Caminos que no vamos a recorrer. Y esa pérdida, aunque sea abstracta, pesa más de lo que nos gustaría admitir.¿ no puedo ser todo a la vez? La respuesta es si, pero a su tiempo.


Por eso el miedo al arrepentimiento se vuelve tan persistente. No es solo miedo a equivocarnos. Es miedo a perder todo lo demás al mismo tiempo.


En ese intento de no perder, ocurre algo más silencioso: no construimos lo que realmente nos llena. Nos quedamos en estado de posibilidad y la posibilidad, por atractiva que suene, no se puede habitar. No tiene forma, no tiene peso.


Lo único que podemos habitar es lo que elegimos, incluso si no es perfecto (que de hecho, casi nunca lo será.)


La claridad que buscamos no aparece antes de decidir. Aparece después, dentro del movimiento. Cuando empezamos a avanzar, cuando ciertas opciones dejan de importar porque otras se vuelven reales. Pero eso solo ocurre si entramos en algo, si nos comprometemos lo suficiente como para que una dirección tome forma.


Pensar más no nos acerca a ese punto. Solo prolonga la ilusión de control y poco a poco, el miedo al arrepentimiento cambia de forma. Ya no es solo el temor a elegir mal, sino la sensación más difusa de estar dejando pasar algo por no elegir en absoluto. Un tipo de arrepentimiento más silencioso, más difícil de señalar, pero igual de presente.


Al final, no estamos eligiendo entre certeza y error. Eso nunca estuvo disponible. Estamos eligiendo entre movernos con riesgo o quedarnos quietos con una falsa sensación de control.


Lo incómodo, lo verdaderamente incómodo, es que esa quietud, que parece tan segura en el momento, es la que más fácilmente se convierte en el lugar del que después queremos escapar.


El miedo al fracaso


También nos preocupa fracasar ( aunque se parece al miedo al arrepentimiento, no es lo mismo.) El arrepentimiento habita en lo que no hicimos, en las posibilidades que dejamos intactas por demasiado tiempo; el fracaso, en cambio, aparece cuando sí nos movemos, cuando decidimos entrar en algo y exponerlo a la realidad. Es el miedo a hacer y equivocarse de forma tangible, a comprometerse con una dirección y descubrir que no era suficiente, que no fue lo suficientemente bueno, o que simplemente no salió como lo habíamos imaginado. Es un miedo más concreto, más difícil de disfrazar, porque ya no vive en la idea sino en el resultado.


Ese resultado no se queda afuera. No es un dato aislado. Se mete en lugares más sensibles. Se mezcla con la autoestima, con la percepción que tenemos de nosotros mismos, con esa narrativa interna que construimos sobre quiénes somos y hasta dónde podemos llegar. Fallar no solo duele por lo que no se logró, sino por lo que parece decir sobre nosotros. Como si cada intento fallido confirmara una sospecha más profunda, que tal vez no estábamos a la altura de lo que queríamos construir. Nadie quiere sentir que no fue suficiente para sus propios sueños. Nadie quiere acercarse tanto a algo importante y, aun así, quedarse fuera. Ese “casi” tiene un peso único y particular, porque no permite cerrar del todo la historia, pero tampoco permite habitarla.


Frente a esa posibilidad, muchas veces lo que hacemos no es renunciar abiertamente, sino ajustar silenciosamente. Bajamos la intensidad de nuestras apuestas, elegimos caminos donde el margen de error sea menor, donde el golpe, si llega, no desestabilice tanto. Desde fuera parece sensatez, equilibrio, incluso madurez, pero por dentro suele ser otra cosa. Una forma de protección. No dejamos de querer, pero dejamos de exponernos lo suficiente como para que eso que queremos realmente esté en juego. Nos movemos, sí, pero en zonas donde el fracaso no compromete demasiado la imagen que tenemos de nosotros mismos.


En el fondo, lo que aparece ahí no es tanto el miedo al fracaso en sí, sino una desconfianza profunda, la idea de que no seríamos capaces de sostenerlo si ocurriera. No se duda solo del resultado, sino de la propia capacidad de atravesarlo. Se percibe el fracaso como algo definitivo, como un estado del que no se sale fácilmente, como una etiqueta que se queda. Bajo esa lógica, evitarlo se vuelve una prioridad absoluta, incluso si eso implica no intentar con verdadera profundidad.


Esa percepción es, en gran medida, una distorsión. El fracaso no es un estado permanente. No define de forma fija a quien lo atraviesa. Es un momento, a veces duro, a veces desordenado, pero transitorio. Algo que ocurre dentro de un proceso más amplio. Lo que muchas veces no se ve desde fuera es que quienes logran construir algo significativo no lo hacen evitando el fracaso, sino atravesándolo repetidamente. Intentan, ajustan, vuelven a intentar. No porque disfruten fallar, sino porque entienden, de manera más o menos consciente, que es parte inevitable del camino cuando se intenta algo que realmente importa.


De hecho, hay algo casi necesario en fallar, sobre todo temprano. No como un ideal romántico, sino como una forma de calibrar la propia relación con el riesgo, con la incertidumbre, con los propios límites. Fallar en esos momentos no destruye tanto como enseña. Obliga a reorganizar expectativas, a entender mejor dónde están las verdaderas fortalezas y debilidades, a comprobar (no desde la teoría, sino desde la experiencia) que es posible caer y, aun así, seguir. Ese aprendizaje no es menor. Es lo que permite que, más adelante, frente a apuestas más grandes, el miedo no paralice por completo.


Porque lo que cambia no es la presencia del miedo, sino la relación con él. Se deja de ver como una señal de peligro absoluto y empieza a entenderse como parte del terreno. Algo que acompaña a cualquier intento serio de construir una vida con dirección, en ese cambio hay una diferencia importante: el miedo puede empujar o puede frenar. Puede convertirse en una fuerza que eleva el estándar, que obliga a prepararse mejor, a pensar con más cuidado, a ejecutar con más precisión o puede transformarse en un mecanismo de defensa que bloquea desde el inicio, que encuentra razones para no empezar, que protege tanto que termina inmovilizando.


La diferencia no está en sentirlo o no. Eso es inevitable. Está en cómo se responde a él, si se usa como impulso o como excusa. Si se permite que afine la acción o que la detenga antes de existir. Intentar eliminar el miedo al fracaso es otra forma de perder el tiempo. Siempre va a haber algo en juego, siempre va a existir la posibilidad de que las cosas no salgan como se espera y esa posibilidad no es un error del sistema. Es parte de su diseño, el mecanismo  intrínseco del ego de auto-defenderse y mantenerse fuera de riesgo.


Al final, una vida que realmente intenta algo (algo propio, algo significativo) necesariamente incluye la posibilidad de fracasar. No como una excepción, sino como una consecuencia directa de exponerse y evitar esa exposición, por querer mantenerse a salvo, tiene un costo más silencioso, el de nunca saber hasta dónde se podía llegar.


Por eso, más que evitar el fracaso, lo que termina siendo necesario es dejar de verlo como un destino final. Entenderlo como un momento dentro de un proceso más amplio, como una parte inevitable de cualquier camino que valga la pena recorrer. Porque; lo único que realmente lo vuelve definitivo, es la decisión de detenerse ahí.


El miedo a ser vistos (y juzgados)


Hay un miedo todavía más silencioso, más social, más difícil de admitir sin sentir cierta incomodidad; no solo nos preocupa fracasar, nos preocupa que otros lo vean. Que el error no sea íntimo, sino público. Que no se quede en nuestra experiencia, sino que circule, que se interprete, que se convierta en una opinión ajena sobre quiénes somos.


Porque fallar en privado se procesa distinto. Se acomoda con el tiempo, se reinterpreta, incluso se suaviza, pero fallar frente a otros… eso toca otra fibra. Aparece el juicio. No necesariamente explícito, muchas veces ni siquiera real, pero suficiente para que lo sintamos. La mirada ajena, esa presencia constante aunque nadie esté diciendo nada.


Nos preocupa parecer inconstantes. Confusos. Indisciplinados. Que nuestros cambios de dirección no se lean como exploración, sino como falta de claridad. Como si el hecho de no seguir una línea recta invalidara el intento completo. Entonces, en lugar de movernos con libertad, empezamos a editarnos, a ajustar nuestras decisiones no solo en función de lo que queremos, sino de cómo se va a ver desde fuera.


Ahí, sin darnos cuenta, nos encogemos.


No porque no tengamos ambición, sino porque anticipamos el juicio. Nos adelantamos a la crítica, incluso antes de que exista, en ese intento de proteger la imagen, reducimos el riesgo. Elegimos caminos más comprensibles, más lineales, más fáciles de explicar. Caminos que no levanten demasiadas preguntas.


Existe algo profundamente limitante en vivir bajo esa lógica porque la vida que realmente se quiere construir rara vez es perfectamente coherente desde el inicio. Rara vez es clara para los demás; de hecho, muchas veces ni siquiera es clara para uno mismo mientras se está construyendo. Y eso es lo que incomoda.


Ser alguien que prueba, que cambia, que se mueve entre intereses distintos, que intenta cosas que no siempre funcionan, inevitablemente genera ruido. Confunde. Descoloca. No encaja en narrativas simples, pero esa incomodidad externa no es necesariamente un error. Es, muchas veces, el reflejo de que se está intentando algo real.


Lo curioso es que el juicio ajeno, ese que tanto pesa en la anticipación, suele ser mucho menos sólido de lo que imaginamos. La mayoría de las personas no está observando con la atención que creemos y cuando lo hacen, rara vez es desde un lugar neutral. Hay proyección, hay comparación, están sus propias inseguridades filtrando lo que ven y aun así, le damos un peso desproporcionado.


Permitimos que una opinión externa, momentánea, incluso irrelevante en el largo plazo, influya en decisiones que sí tienen impacto real en nuestra vida. Decisiones sobre qué intentar, qué construir, qué abandonar, qué explorar.


Hay algo casi contradictorio en eso. Se sacrifica una posibilidad propia por una percepción ajena que, en la mayoría de los casos, es pasajera.


Por eso, en algún punto, se vuelve necesario tomar distancia. No desde la indiferencia absoluta, sino desde una perspectiva más amplia. Entender que la opinión de otros, por intensa que parezca en el momento, ocupa un lugar mínimo en el conjunto de una vida. Que ese juicio que hoy se siente grande, con el tiempo se diluye, pierde forma, deja de importar. Lo que queda no es lo que otros pensaron, sino lo que uno hizo o dejó de hacer.


Hay una claridad incómoda en reconocer que, al final, no vamos a medir nuestra vida por lo coherentes que fuimos a los ojos de los demás, sino por qué tan alineados estuvimos con lo que realmente queríamos intentar, por los riesgos que sí tomamos, por las veces que avanzamos a pesar de no tener aprobación externa.


Evitar el juicio no elimina el conflicto. Solo lo desplaza. Lo cambia de lugar. En vez de incomodidad externa, aparece una más interna, más persistente: la sensación de no haberse permitido intentar. Y esa pesa más.


En cambio, cuando se actúa a pesar de esa posibilidad de ser visto, de ser juzgado, algo cambia. No en la reacción de los demás, que puede seguir siendo ambigua, sino en la relación con uno mismo. Se construye una forma de confianza que no depende tanto de la validación externa. Una estabilidad más interna, menos reactiva.


No porque deje de importar lo que otros piensan, sino porque deja de ser el factor que define la dirección y entonces, lo que antes parecía confusión empieza a verse como amplitud. Lo que parecía inconsistencia empieza a leerse como exploración. No necesariamente para los demás, pero sí para uno mismo. Y eso, en el largo plazo, pesa más.


Porque al final, el juicio ajeno es momentáneo, pero la vida que se deja de construir por miedo a ese juicio… esa sí permanece.


No saber por dónde empezar


Nos decimos que no sabemos por dónde empezar, y lo repetimos con una convicción que casi tranquiliza. Suena razonable, suena prudente, suena incluso inteligente, como si estuviéramos esperando la información correcta, el momento adecuado, la claridad suficiente pero la mayoría de las veces no es ignorancia lo que nos detiene. No queremos empezar desde un lugar que no se sienta a la altura de lo que imaginamos.


Porque empezar obliga a reducir. A tomar algo que en la mente es amplio, elegante, lleno de posibilidades, y convertirlo en un primer paso concreto, inevitablemente limitado y ese paso casi siempre se siente insuficiente. No representa la visión completa, no captura la intención original, no se ve como debería verse. Se siente torpe, incompleto, casi como una traición a lo que se quería construir… entonces lo posponemos, esperando un inicio más claro, más limpio, más digno de la idea.


Ese inicio no llega, porque no existe en esa forma.


Nos quedamos entonces en un estado curioso, avanzamos en la cabeza, pero no en la realidad. Ajustamos, refinamos, pensamos, reorganizamos. Todo parece movimiento, pero es un movimiento sin fricción, sin consecuencia. Diseñamos el punto de partida como si fuera el proyecto entero, como si al resolver cómo empezar ya estuviéramos, en algún sentido, avanzando y no lo estamos. Solo estamos evitando el momento en el que la idea deja de ser perfecta para volverse real.


Empezar tiene algo de brusco. No es elegante. No es claro. No es ordenado, es un gesto suficiente, y eso incomoda. Incomoda porque expone la distancia entre lo que imaginamos y lo que realmente podemos ejecutar en ese instante. Nos obliga a aceptar que no dominamos todo el proceso, que no tenemos el mapa completo, que vamos a tener que descubrir partes del camino mientras lo recorremos y eso va en contra de cómo nos gusta pensar la vida. Queremos entender antes de hacer. Queremos claridad antes de compromiso. Queremos garantías antes de movimiento. Quiero que me de el si antes de proponerlo. Queremos ver el trayecto completo antes de dar el primer paso, como si el hecho de anticiparlo todo pudiera protegernos de equivocarnos. Pero no puede.


El mapa no aparece antes del movimiento. Se dibuja con él y mientras seguimos esperando a tenerlo completo, lo único que ocurre es que no empezamos. La idea se queda en un estado suspendido, creciendo en la cabeza, cargándose de expectativas, volviéndose cada vez más difícil de aterrizar, porque cuanto más perfecta se vuelve en lo abstracto, más evidente es que ningún inicio real va a estar a la altura, entonces empezar empieza a sentirse como fallar.


Como si ese primer paso tuviera que justificar toda la visión, como si tuviera que probar que vale la pena, pero ningún inicio puede hacer eso. Ninguno. El inicio no está para validar la idea, está para ponerla en contacto con la realidad. Para que deje de ser intocable y empiece a transformarse.


Mientras algo permanece en lo abstracto, no se puede mejorar. No se puede probar. No se puede corregir. Solo se puede imaginar y la imaginación, por más sofisticada que sea, no construye nada por sí sola. Construir exige fricción. Exige errores. Exige ajustes que solo aparecen cuando algo ya está en marcha, por eso la claridad que estamos esperando no llega antes. Llega después. Llega cuando ya hay algo en el mundo, por pequeño que sea, que empieza a responder, a resistirse, a mostrar sus propias reglas. Es ahí donde se ordena lo importante, donde se descarta lo irrelevante, donde la dirección deja de ser una idea y empieza a ser una experiencia.


Para llegar a ese punto hay que atravesar la incomodidad inicial. Hay que aceptar que el primer paso no va a ser brillante, que no va a resolver todo, que no va a sentirse completamente correcto y aun así hacerlo. No porque sea perfecto, sino porque es real.


Lo que realmente desbloquea no es una gran decisión ni un momento de certeza absoluta. Es un movimiento mínimo que rompe la inercia. Algo lo suficientemente concreto como para que ya no pueda quedarse en la cabeza. Algo que, por el simple hecho de existir, obliga a que lo demás se ordene alrededor.


La inercia no se rompe pensando mejor. Se rompe actuando, aunque sea de forma imperfecta.


Y aquí hay algo que incomoda admitir, muchas veces no es que no sepamos por dónde empezar. Es que no queremos empezar dejando cosas fuera. Queremos conservar todas las opciones, todas las versiones posibles, todas las rutas abiertas, pero empezar implica cerrar. Implica elegir una dirección, aunque sea provisional, y aceptar que las demás quedan en pausa y eso se siente como una pérdida. Pero no empezar también lo es. Solo que es una pérdida más silenciosa. Menos evidente en el momento, pero más profunda con el tiempo, porque lo que se queda en posibilidad no se puede habitar. No tiene forma, no tiene peso, no deja huella.


Lo único que puede transformarse es lo que entra en movimiento.


Al final, no saber por dónde empezar rara vez es el verdadero problema. El problema es querer empezar sin atravesar la incomodidad de lo incompleto, sin renunciar a nada, sin equivocarse, sin sentir que el primer paso es menor a lo que imaginamos, pero no existe ese tipo de inicio.


Siempre se empieza con menos.

Siempre se empieza sin estar listo.

Siempre se empieza dejando algo fuera.


Aun así, ese primer paso, por pequeño y poco espectacular que parezca, tiene algo que ninguna idea perfecta puede ofrecer: la posibilidad real de convertirse en algo que existe.


Estas líneas resumen cómo me sentimos yo y mucha gente en nuestra corta o larga vida. Abrumado por la cantidad de cosas que podríamos hacer. Paralizados por el miedo y la ansiedad sobre el futuro. Anhelo de aventura, conocimiento y conexión.


La vida puede ser insoportable cuando no sabes lo que quieres de ella o cuando no sabes qué camino es el correcto para ti. Sin embargo, me he dado cuenta de que no puedo hacer todo lo que quiero hacer al mismo tiempo. Así que decidí centrarme en una cosa a la vez.


Recientemente, he estado practicando mi escritura. Durante mucho tiempo, tuve miedo de publicar cualquiera de mis trabajos. Incluso dudaba en escribir para mí, pero si alguna vez quiero convertirme en un buen escritor, necesito practicar. Así que creé este blog/newsletter. Puedo sentir como crece en mi la confianza cada día. Todavía estoy encontrando mi voz, pero no estoy apresurando el proceso.


Entonces??


Hay una verdad que incomoda más de lo que debería, y aun así es bastante simple, no puedes hacerlo todo. No por falta de capacidad, ni de ambición, ni de talento, sino porque el tiempo no es infinito y la vida no está diseñada para abarcarlo todo al mismo tiempo.Puedes hacerlo todo solo no al mismo tiempo (y créeme que me duele el hecho de solo escribirlo porque es algo que siempre he creído)  Esa es la condición básica, el límite silencioso que ordena todo lo demás; sin embargo, dentro de ese límite hay más margen del que parece, pero solo aparece cuando se deja de intentar sostenerlo todo a la vez.


Porque el problema no es la falta de potencial, es la dispersión. Se intenta comprimir una vida entera en unos cuantos meses, como si fuera razonable construir carrera, relaciones, estabilidad, creatividad, exploración y éxito simultáneamente, como si todo pudiera crecer al mismo ritmo sin estorbarse, pero la vida no funciona así. Nunca lo ha hecho. Funciona por etapas,( ya fui diseñador, atleta y pareja) por momentos que concentran energía en una dirección mientras otras quedan en pausa. No es una renuncia permanente, es una forma de darle profundidad a algo en lugar de rozarlo todo sin construir nada.


Pensar la vida como una sucesión de temporadas cambia la relación con la urgencia. Cada etapa tiene su propio ritmo, su propio enfoque, su propia narrativa. Algunas serán de construcción, otras de exploración, otras de consolidación y dentro de cada una hay una decisión que ordena todo, elegir un enfoque principal y permitirle ocupar el centro, sin sabotearlo cada vez que aparece una nueva idea que también parece atractiva, porque siempre van a aparecer. La diferencia no está en evitarlas, sino en no abandonar lo que ya se eligió por la ilusión constante de algo mejor.


Eso exige una forma de disciplina más silenciosa. No la de hacer mil cosas, sino la de sostener una. Dejar que crezca, que tome forma, que muestre lo que realmente es cuando se le da tiempo (y alrededor de eso, sí, pueden existir intereses secundarios, espacios más ligeros donde se explora sin presión, donde se prueba sin necesidad de que todo tenga consecuencias), pero el centro tiene que estar claro, aunque sea por un tiempo limitado.


Entonces aparece la pregunta inevitable: ¿por dónde empezar?, ¿qué elegir primero?,¿ cuál de todas las posibles versiones merece convertirse en la actual?. Ahí no sirve pensar en términos abstractos, ni en lo que “debería” ser. Sirve algo más directo, más incómodo: preguntarse qué dolería más no intentar. Qué idea sigue regresando, incluso cuando se intenta ignorar. Qué camino genera una especie de incomodidad persistente al verlo en otros, no por envidia superficial, sino por reconocimiento. Ese punto donde algo interno dice “eso también podría haber sido mío”.


Ahí suele estar la respuesta. No en lo más lógico, ni en lo más seguro, sino en lo que más pesa cuando se imagina dejarlo pasar.


Pero incluso eso se vuelve más claro cuando hay un filtro previo: entender qué es realmente importante y qué solo se siente obligatorio. Porque una gran parte de la confusión viene de cargar con expectativas que no son propias. Caminos que parecen necesarios porque encajan socialmente, porque suenan correctos, porque otros los validan y cuando se mezclan con lo que sí importa, todo se vuelve ruido, por eso hay que separar. Ver con honestidad qué se quiere de verdad y qué solo se arrastra por inercia. Nombrar valores simples, casi básicos, pero reales: libertad, estabilidad, creatividad, aventura, conexión. No todos al mismo tiempo, no en equilibrio perfecto, sino como una brújula que orienta la siguiente etapa. Muchas veces no es que no se sepa qué hacer, es que se intenta construir una vida que no responde a lo que realmente se valora.


Cuando esa claridad aparece, aunque sea parcial, elegir deja de ser tan abstracto. No porque se tenga certeza absoluta, sino porque al menos hay coherencia y con eso basta para empezar.


Además, hay algo que suele olvidarse en medio de tanta presión por elegir bien, ninguna decisión es definitiva en el sentido en que se teme. No es un tren que, una vez abordado, no permite bajar. Es más parecido a moverse dentro de un terreno abierto, donde cambiar de dirección siempre es posible, aunque no sea cómodo, aunque implique esfuerzo, aunque no sea lineal. Se puede corregir, ajustar, redirigir. No sin costo, pero tampoco sin opción.


Entender eso aligera algo importante, porque gran parte de la parálisis viene de sentir que cada decisión es permanente, que define todo lo que sigue. Y no es así. Define un tramo, una etapa, un periodo y eso ya es suficiente.


Elegir, entonces, deja de ser una sentencia y se convierte en un movimiento. Uno que no tiene que ser perfecto, solo tiene que ser real. Uno que no garantiza nada, pero que abre algo que de otra forma permanece cerrado. La posibilidad de que algo ocurra.


Al final, no se trata de hacerlo todo. Se trata de hacer algo y hacerlo con suficiente intención como para que deje de ser una idea y empiece a convertirse en una vida.


Mientras tanto, estoy tratando de disciplinarme a una publicación semanal, lo cual no será fácil. Sin embargo, me estoy esforzando para trabajar en lo que me está llamando en este momento: escribir.Tal vez, después de publicar mi libro, me daré cuenta de que escribir ya no es lo que quiero hacer, sino que me estoy centrando en el presente. Estoy eligiendo usar mis vida y tiempo libre para trabajar en algo que me apasiona. Siempre puedo cambiar de trayectoria profesional más adelante en la vida. Lo cual reconozco que puede ser difícil.


Si te encuentras en la misma posición, tengo una palabra para ti: permítete ser un principiante en algo. Prueba cosas diferentes, pero no al mismo tiempo. Cuando intentamos hacer todo a la vez, se vuelve abrumador. Piensa en lo que te está llamando ahora mismo. ¿Cuál de tus pasiones o intereses es el que más te gusta en este momento? Pruébalo por un tiempo, date gracia y sé disciplinado. (Y eso que te digo me lo digo a mi también porque ahi estoy)


Si, en el proceso, descubres que no era para ti, siempre puedes probar algo diferente. Todavía hay tiempo. No te preocupes. Estarás bien.


Con amor,


Peguel

 
 
 

Recent Posts

See All

Comments


bottom of page